Acabo de recibir en casa la invitación de nuestro ministro Miguel Sebastián para que recoja en Correos la bombilla de bajo consumo que me toca. Y qué quieren que les diga. Me ha hecho ilusión. Y no precisamente porque vaya a ir corriendo a salvar al planeta Tierra colgándola de la lámpara del salón, sino porque me ha traÃdo buenos recuerdos.
Sé que parece manido aquello de que “se me ha encendido una idea”, pero la visión del folletito de marras, con su lámpara fluorescente compacta, blanca y cerrada sobre sà misma y armónicamente diseñada ha traÃdo a mi mente las noches de insomnio que pasé indagando en la vida de Thomas Alva Edison por encargo de la Fundación Iberdrola, hace un tiempo que ya parece del Pleistoceno.
El padre del invento matriz, de las primeras bombillas antecesoras de estas modernas y ecológicas, es una de las figuras más poliédricas de la historia de la ciencia: Un hombre sordo que pasó a la historia por inventar el fonógrafo y cambiar para siempre el modo en el que sus congéneres escuchan música. Una persona que padecÃa insomnio e iluminó los sueños y las noches de la humanidad con su invención de la bombilla de filamento incandescente. Un inventor solitario y compulsivo que diseñó un sistema de producción de inventos por el que, precisamente, se enterró de manera definitiva la labor solitaria y compulsiva de los inventores.
Su vida es, pues, es una recopilación de paradojas, una sucesión de aparentes incongruencias que sólo puede ser posible en la biografÃa de un genio libre y de autoestima inconmensurable. De un autodidacta, carente de educación superior, educado por su propia madre y criado entre vagones de tren, cables de telegrafÃa y grandes dosis de trabajo. Su invento preferido fue el fonógrafo. El más transcendente, quizás, la bombilla. Pero su gran aportación fue, sin duda, destacar en un mundo en el que todavÃa uno se podÃa ganar la vida inventando cosas. Edison registró nada más y nada menos que 1.093 patentes a su nombre, desde una máquina para contar votos hasta las bases del alumbrado público moderno.
Rastreando su biografÃa, no es difÃcil encontrar, durante sus primeros 15 años de vida, un buen puñado de factores que debieron influir de manera determinante en el desarrollo de aquella personalidad joven y compleja. Durante su primera etapa escolar recibió numerosas quejas por parte de sus maestros que llegaron a pensar que se trataba de un niño deficiente. Aquello impulsó a su madre a ahorrarle cualquier preocupación en las aulas y a educarle en casa. Además, su quebradiza salud le hacÃa pasar largas temporadas encerrado, con lo que su pasión por la lectura y por la observación atenta de la realidad circundante se acrecentó.
El chico habÃa recibido el influjo religioso propio de una familia del Medio Oeste. Pero no era capaz de sustraerse a la tentación de pensar que la naturaleza debÃa funcionar según leyes superiores a la moral. Su espÃritu crÃtico le llevó a desarrollar una visión de la divinidad que, en ocasiones, ya en la vida de adulto, rozaba los lÃmites de la supercherÃa y el esoterismo paranormal.
Además, en plena pubertad tuvo que ver como el sustento económico de la familia se desmoronaba y mirar directamente a los ojos de la necesidad y el arrojo para salir del pozo.
No es raro que ese chaval “nunca tuvo adolescencia, ni jugó con nada hasta que tuvo edad para utilizar una máquina de vapor”, según llegó a declarar su padre, fabricara una mente huidiza, independiente, tÃmida y emprendedora a un tiempo. Desde muy pequeño supo que deberÃa trabajar duro y en solitario para ganarse la vida.
Si bien hay documentos suficientes que avalan su timidez, parece que el joven se transformaba a la hora de trabajar. Impulsado por su amor por el dinero, en poco tiempo pasaba de una actividad a otra y daba muestras de buena disponibilidad y alegrÃa allà donde se le requerÃa. En las fotos aparece como un adolescente vivaz y sano. Incluso tuvo la oportunidad de demostrar su arrojo cuando en 1862 rescató de la muerte segura a un niño de tres años antes de que un furgón de transporte lo arrollara. El padre de la criatura, el jefe de estación J.U. MacKenzie, quedó tan agradecido que le ofreció a Edison un trabajo como telegrafista.
Como todos los novatos, sus comienzos fueron erráticos. Su primer gran invento fue un prototipo de máquina para contabilizar los votos en las elecciones. ConsistÃa en una circunferencia de papel que giraba en torno a un eje. Según se tecleaba en sistema morse, unas varillas golpeaban el disco lo que generaba una transmisión eléctrica. Dicho impulso podÃa viajar por cable hasta un lugar remoto donde otra máquina lo recogÃa y lo reproducÃa sobre otro disco de papel. Aquel modo de transmitir textos escritos a distancia llamó la atención de sus superiores, pero no de los polÃticos, que no llegaron a fiarse del invento.
En 1876, Edison abrió el que iba a ser su laboratorio más fértil en Menlo Park. Este lugar pasarÃa a la historia cono “la fábrica de inventos” ya que en él no sólo cobraron cuerpo la mayor parte de las innovaciones edinsonianas, sino que el avispado emprendedor diseñó un sistema de producción con empleados especializados y protocolos concretos para fomentar la creatividad y el desarrollo de patentes. Edison ya no era un inventor alocado y pionero: se habÃa convertido en un inventor profesional.
En aquel tiempo Edison ya estaba preocupado por la electricidad. De hecho, logró financiación suficiente para poner en marcha otra compañÃa, Electric Light Company, y comenzó a estudiar todo cuanto pudo sobre el tema. Una de sus fuentes de investigación fueron las lámparas de arco de carbón ya existentes que daban muy poca luz y requerÃan una fuente continua de alimentación. Edison no tuvo empacho alguno en adaptar la idea de estas lámparas, diseñadas por Wallace y Farmer y utilizarlas como base de sus experimentos. Es posible que hoy en dÃa consideráramos esta práctica como pura piraterÃa industrial o, al menos, plagio. Pero en la época de Edison las cosas eran bien distintas. Los lÃmites de la propiedad intelectual no estaban tan bien definidos y resultaban tan borrosos como la propia moralidad de Edison al respecto. Él mismo se jactaba de que “robo, igual que hacen otros, pero yo sé robar mejor”.
El sistema que utilizaba el inventor para su trabajo era revolucionario. Primero intentaba convencer a un buen número de patrocinadores para que financiaran la idea, luego ponÃa a sus empleados de Menlo Park a trabajar duramente en cualquier mejora técnica y, después, patentaba la idea. AsÃ, sobre la base de las lámparas ya conocidas, probó con más de seis mil materiales distintos para lograr un filamento de fibra carbonizada de bambú que diera suficiente luz durante mil horas. Luego, ideó todo tipo de mezclas gaseosas para llenar la botella de vidrio que servirÃa de lámpara. Gastó 42.000 dólares en sus pesquisas. Pero en poco tiempo el interés comercial de sus primeras bombillas le habÃa devuelto, con creces, la inversión.
Edison habÃa transformado el mundo de la energÃa eléctrica con sus lámparas. Y, de algún modo, puso la primera piedra para una transformación social en toda regla. Una bombilla por sà sola no servÃa para nada, habÃa que hacer llegar el fluido eléctrico hasta ella. En 1866, Werner Siemens construyó el primer generador eficaz de electricidad siguiendo la estela teórica de Faraday. Una vez más, Edison “digirió” la idea y la transformó a su gusto fabricando la primera central eléctrica conocida en la calle Pearl de Nueva York. CorrÃa el año 1881.
Thomas Alva Edison murió en 1931 millonario, famoso y pensando en su patente 1.094, con la satisfacción de haber visto cómo el conocimiento de la energÃa habÃa revolucionado la historia de la civilización, pero sin tiempo para observar cómo la ciencia iba a mejorar su invento hasta convertirlo en la lamparita que ahora mismo voy a recoger. Que no están las cosas como para tirar nada.
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