El automóvil encierra el nudo de un sistema que lo abarca todo: la economÃa, el trabajo, la polÃtica, las guerras, el progreso y la destrucción  |  Los coches han dejado de tener sexo, ahora tienen poder, y a veces incluso poderes sobrenaturales: en los años 80 Thatcher dijo que un hombre de más de 30 años que iba en autobús debÃa considerarse un fracasado.
Después de ver Auto. Sueño y materia, una amplia exposición que cerrará el próximo 21 de septiembre en Laboral, el Centro de Arte y Creación Industrial de Gijón, uno tiene la impresión de que cualquier emoción o sentimiento humano está ligado al coche. Es el objeto que sintetiza nuestra vida. Lo más intrigante es que eso vale tanto para aquellos que lo utilizan como para los que nunca lo han poseÃdo, o ni siquiera han sentido la necesidad de subirse en uno.
El coche encierra el nudo de un sistema que lo abarca todo: la economÃa, el trabajo, la polÃtica, las fantasÃas, las guerras, el progreso y la destrucción. Nada queda al margen. Incluso renunciando aél uno está sometido a su hegemonÃa. La imagen de un coche aplastado sigue emitiendo un mensaje complejo, igual que el de una carrocerÃa deslumbrante. Es como si el accidente aunara fuerzas e inercias invisibles. Al chocar emerge una forma catastrófica. Tan atractivo resulta el automóvil diseñado como el siniestrado. La verdadera seducción de este invento reside en su facilidad para asumir antagonismos. Celebración y duelo se funden en él. No hay imagen más sugerente que ese Cadillac de Sylvie Fleurie, reducido a chatarra pero embadurnado de color fucsia.
Esta exposición puede que no resulte todo lo dura y agria que se merece el coche. Puede parecer acrÃtica. Yes que el arte contemporáneo no odia al automóvil. Al contrario, la velocidad y la capacidad creativa asociadas al artefacto han pasado a ser el horizonte de futuro que los artistas imaginan como propios. Intentar ser crÃtico con el coche serÃa como querer desembarazarse de la quintaesencia de nuestra cultura. Resulta conmovedor que a principios del siglo pasado André Breton gritara: “Abandonad a vuestra esposa, abandonad a vuestra amante. Abandonad vuestras esperanzas y vuestros dolores”, y que al final del mismo siglo otro artista como Christopher Wool pintara un cuadro con una consigna en la que se lee “Sell the house, sell the car, sell the kids”.
La revolución no empezará el dÃa que renunciemos al coche, sino al sistema que lo rige. Las cien obras y los sesenta artistas escogidos por el comisario de esta exposición, Alberto MartÃn, ni siquiera intentan ser analÃticos. La complejidad camuflada entre los bastidores del coche excede cualquier gesto de resistencia individual. La gran mayorÃa de obras podrÃan ser definidas como modificaciones parciales de la máquina, visiones afectivas y ejercicios modestos que huyen del dramatismo asociado al fatalismo. En esta macroexposición, el coche sobrevive pese a todo. Los artistas incluso colaboran en el perfeccionamiento de la máquina. Roman Signer, Xavier Veilhan o Pedro Reyes alteran el principio del motor a explosión pero salvan la automovilidad como credo básico. Sus inventos propulsados a pedal o mediante ventiladores recuerdan los cacharros de Leonardo da Vinci.
Sin embargo, el coche de Tobias Rehberger, un Alpine Renault azul de apariencia coqueta, es todo un comentario a la escala global alcanzada por la industria del automóvil. Rehberger ha encargado la fabricación de modelos de lujo deportivos a un taller de Tailandia. Bocetos enviados por fax y unas cuantas llamadas de teléfono son toda la información que reciben los artesanos tailandeses para fabricar un Porsche, un McLaren, un Mercedes o el coche expuesto en esta muestra. El resultado deja un poco que desear. Pero vale la pena verlo como una réplica irónica de las cadenas pantagruélicas de montaje esparcidas por todo el mundo. Este Alpine Renault ha sido encargado y remitido a su comprador, que -por supuesto- no lo va a conducir, sino a exponer como una escultura. Por el contrario, los montajes fotográficos de Stéphane Couturier recrean la complejidad en la fabricación del Toyota. Una foto no bastarÃa para entender el proceso. Es necesario ensamblar imágenes, superponerlas y manipularlas para aproximarnos a la realidad actual del coche producido por corporaciones que desafÃan la localización y el tiempo de sus empleados. El coche se fabrica en una red que sobrepasa la individualidad del obrero clásico, incluso la comunidad de la fábrica tradicional. El coche ya no sirve para recorrer la distancia, sino que la contiene.
Todo el acierto de Auto. Sueño y materia consiste en presentarnos un coche tras otro. Como un gran garaje repleto de excentricidades de diseño. La más simpática es probablemente la del artista Erwin Wurm, conocido por la manipulación de objetos cotidianos. Aquà se presenta un coche imposible, extremadamente pulido y aerodinámico, del que en cualquier momento puede descender una pareja de extraterrestres. Con anterioridad Wurm habÃa modelado un coche obeso, todo lo contrario de este otro. También hay alguna obra referida a la pesadilla de la carretera o al paisaje, pero no son las mejores.
El hecho de que nuestra cultura haya confundido la utopÃa con la autopista no despierta mucho interés. En este concesionario surrealista, mientras más cerca se está de la chapa, más definición adquieren los fantasmas asociados al coche. Frank Scurti acorta tanto la distancia que acaba a lametazos con un Sunbeam de color rojo, un icono de los años 60 famoso por aparecer en las pelÃculas de James Bond. La devoción por la chapa raya en el delirio, aunque en vÃdeos como el de Annika Larsson se sublime en un ritual mediante el cual el propietario enfunda su coche con una lona. Al final el hombre se queda de pie, junto al coche, en actitud de recogimiento. Curiosamente, el tópico de vincular las curvas del coche a las del cuerpo femenino no parece tener la vigencia de los años 60 y 70. Los coches han dejado de tener sexo. Ahora tienen poder. Y a veces incluso poderes sobrenaturales. En los años 80 Thatcher dijo que un hombre de más de 30 años que iba en autobús debÃa considerarse un fracasado.
Si la exposición se queda corta en algún sentido es porque no consigue alumbrar la posibilidad de que exista vida más allá del coche. Lo que, en cierto modo, también es su acierto. No hay alternativa. El automóvil se ha adueñado de todo. Ir en bicicleta es un acto criminal que le sitúa a uno fuera de la ley del neoliberalismo económico. Tanto es asà que recientemente un nutrido grupo de académicos sumaron su inteligencia para publicar un libro titulado Against automobility (Blackwell, 2006). Concluyeron que el coche y la filosofÃa de la automovilidad mantienen una relación perversa, sostenida por la historia, el desarrollo urbano y tecnológico, la economÃa polÃtica y la industrial, asà como las polÃticas de interés público. De tal modo que ni las representaciones más catastrofistas del artilugio pueden dañar su imperio.
Sólo una vez he visto a los visitantes dudar del coche. Fue el otoño pasado en el New Museum of Contemporary Art de Nueva York. Frente a un documental de Werner Herzog filmado a principios de la primera guerra del Golfo los espectadores parecÃan darse cuenta de lo que implica conducir en coche, cada dÃa, hasta el trabajo. La visión dantesca proporcionada por una cámara sobrevolando los pozos de petróleo incendiados infundÃa tal shock que en sus caras se dibujaba una expresión de pasmo. Con el ceño fruncido se preguntaban a sà mismos si tanto horror y destrucción valÃan la pena.
Edit. http://www.lavanguardia.es
