Muerto de un fallo cardiaco a los 87 años en Boston, el norteamericano Robert Harvey Rines, inventor, abogado, músico y perseguidor de seres mÃticos, fue un innovador nato. En el curso de su vida patentó unos 800 inventos.
Pero seguramente será recordado mucho más por ser el hombre que dijo haber visto y persiguió al Monstruo del Lago Ness («Nessie» para la prensa). La curiosidad de Rines por los desafÃos tecnológicos parecÃa inagotable. Era, sin duda, uno de esos «ellos» a los que se referÃa Unamuno, cuando soltó su famosa andanada contra el I+D patrio: «¡Que inventen ellos!».
De casta parecÃa venirle al galgo. Hijo de un abogado de patentes de Boston, Rines estudió IngenierÃa y FÃsica en el famoso Instituto Tecnológico de Massachussets y acabó la carrera en 1942. TenÃa veinte años. Durante la Segunda Guerra Mundial se alistó en el Cuerpo de Transmisiones, donde su talento —acuciado por la urgencia de todo enfrentamiento bélico— dio los rendimientos esperados. Fue uno de los creadores del sistema de microondas de alerta aérea temprana, capaz de detectar aviones enemigos a cientos de kilómetros.
Rines también estudió Derecho. Fue abogado y asesor internacional en cuestiones de patentes y propiedad intelectual. Y como le tentaba la vena artÃstica, decidió ser empresario teatral y compositor, y puso en pentagrama varios musicales estrenados después en Broadway. A los once años le echó un pulso a Einstein en un dúo de violÃn. «Yo tocaba mucho mejor», aseguró.
Casi todos los descubrimientos de Rines tuvieron aplicación inmediata en el ámbito militar, y resultaron cruciales en sistemas de navegación a larga distancia y en localización de barcos y aeronaves. Además, desarrolló un dispositivo electrónico para mejorar la resolución de las imágenes del radar y el sonar, utilizado en misiles balÃsticos y en medicina.
Como ocurre con los grandes amores, la pasión de Rines por el Monstruo del Loch Ness, o Lago Ness, le llegó de golpe en 1972, cuando estaba de luna de miel en Escocia con su segunda esposa. Un amigo les habÃa invitado a tomar el té en su casa junto al lago, y el anfitrión llamó la atención sobre algo raro que sobresalÃa del agua. Al principio creyeron que se trataba de una barca volcada, pero pronto salieron de su error al enfocar con prismáticos el extraño bulto. Lo que veÃan era una giba grisácea, parecida a la piel de un elefante, que se elevaba y desaparecÃa con rapidez en la superficie del lago.
La visión duró diez minutos, y a partir de ahà Rines supo que habÃa visto al Monstruo. Por supuesto, casi nadie le creyó, pero él siguió adelante con la fe del iluminado.
Lo que empezó siendo entusiasmo de amateur, terminó en obsesión. Adquirió una casa cerca de Loch Ness y utilizó sus avanzadas técnicas de sonar en la búsqueda de Nessie. En 1976, la Academia de Ciencias Aplicadas (creada por él mismo) y el «New York Times» se unieron al rastreo.
Deslizó cámaras fotográficas y ultrasensibles aparatos de escucha bajo el agua. Incluso encargó un perfume especial para atraer a la escurridiza criatura. Pero ésta no volvió a dar señales de vida. Tras 25 años, Rines dio la busca por concluida y dijo adiós a un sueño. Como suele ocurrir en los fracasos, le llovieron las crÃticas. «Me llaman loco —dijo— y no me quejo. Al menos no iré a la cárcel, como Galileo».
Lo más cerca que estuvo Nessie de ser realidad fue cuando en 1974 apareció la fotografÃa de una criatura desconocida en el lago. Se distinguÃan perfectamente su cabeza y un largo cuello emergiendo del agua, y pronto los naturalistas le pusieron nombre digno de un concurso de trabalenguas: «Nessiteras rhombopteryx». Pero luego se pensó que la instantánea era una falsificación, y ahà quedó todo.
Rines halló pruebas de que el lago Ness, que tiene casi cuarenta kilómetros de largo y mucha profundidad, cubre un antiguo fondo oceánico, lo cual abrÃa la hipótesis de que un dinosaurio marino pudiera haberse adaptado al agua dulce, aunque su especie estuviera extinguida hace sesenta y cinco millones de años. Pero el Monstruo no estaba por la labor de aparecer, o quizás murió de viejo, o de soledad, aislado de sus hermanos de evolución.
La inventiva de Rines se trasladó entonces a otros desafÃos. Acabar con los tornados, por ejemplo, una idea que tampoco le dio tiempo a rematar. Su vida, en suma, fue una sucesión continua de retos para abrir nuevas puertas al desarrollo tecnológico. La gran deidad de nuestro tiempo. «Pensó en cosas en las que nadie habÃa pensado —dijo su mujer—, y creÃa que nada es imposible si uno piensa en ello y quiere hacerlo».
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