Lo decían don Hilarión y don Sebastián en ‘La verbena de la Paloma’. Y no les faltaba razón. Los grandes inventos decimonónicos llegaron a la depauperada Segovia ante el asombro de una sociedad que anhelaba el progreso. A nadie dejaron indiferente el telégrafo, el teléfono o el cinematógrafo. Vamos a ver cómo se vivieron aquellos nuevos/viejos tiempos.
-Don Hilarión: El aceite de ricino ya no es malo de tomar. Se administra en pildoritas y el efecto es siempre igual.
-Don Sebastián: Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.
-Don Hilarión: ¡Es una brutalidad!
-Don Sebastián: ¡Es una bestialidad!
Lo puso Ricardo de la Vega en boca de don Sebastián y don Hilarión, personajes de la célebre zarzuela ‘La verbena de la Paloma’, que se estrenó en el teatro Apolo de Madrid el 17 de febrero de 1894. El comentario encajaría perfectamente ahora, en la era de Internet, pero en aquella época -finales del siglo XIX- también tenía su razón de ser. En el preámbulo de la centuria de los grandes avances científicos y técnicos, la sociedad vive con interés e incredulidad la aparición de nuevos inventos que van a hacerle la vida más fácil: la máquina de escribir, la máquina de coser, las cámaras fotográficas, las lámparas eléctricas, el telégrafo, el teléfono, el cine…
Los segovianos se incorporaron tarde a ese ansiado progreso, pero acabaron haciéndolo. Segovia -ya lo hemos reseñado en alguna ocasión- fue una de las últimas provincias en disponer de ferrocarril. La locomotora entró por fin en la estación segoviana el 2 de abril de 1884, treinta años después de que lo hiciera en Ávila, circunstancia que da la justa medida del atraso de una provincia que vivía demasiado anclada en el pasado, a pesar de la existencia en ella de los Reales Sitios. Estos apuntes extraídos de la memoria de un siglo ya lejano reflejan el impacto que causaron aquellos avances decimonónicos entre los segovianos de entonces.
El telégrafo
Mucho antes que el ferrocarril, llegó a Segovia el telégrafo. La primera línea telegráfica se tendió entre Madrid y Guadalajara en 1855. Bien, pues ese mismo año, una Real Orden de 9 de octubre aprobaba la contrata para la construcción completa de la línea electrotelegráfica entre Segovia y Ávila por Aldeavieja, con una longitud de 77,98 kilómetros, según reseña Mariano Gómez de Caso en su ‘Historia de las Comunicaciones en Segovia’ (2004).
Finalmente, la estación telegráfica se inauguró el día 25 de abril de 1857, en el piso bajo del Gobierno Civil de la provincia, según desvela Andrés Gómez de Somorrostro en su ‘Guía de Segovia’ de 1863, y los segovianos pudieron desde ese preciso momento enviar telegramas privados. La Central de Telégrafos no siempre estuvo en el mismo lugar. De hecho, en la ‘Guía de Segovia’ de Pedro Hernández Useros, de 1889, se dice que está instalada en el número 28 de la Calle Real del Carmen, muy cerca del Azoguejo. Posteriormente operó en la plazuela de San Martín y en la calle de Juan Bravo, donde permaneció hasta diciembre de 1920, en que fue completamente destruida por un formidable incendio que estuvo a punto de acabar con buena parte del casco histórico de Segovia.
El teléfono
Más se sabe de la entrada en funcionamiento del teléfono en esta provincia dejada de la mano de Dios. La central telefónica abrió al servicio público el 15 de abril de 1887 en el número 4 de la calle Ancha del Parador (actual calle Colón), según revela Hernández Useros en su guía de 1889. Este autor da aún más detalles: «La fecunda iniciativa del concesionario ha conseguido dotar á esta ciudad de un servicio tan útil y necesario como el que nos ocupa. Instalada la central en la calle del Parador, num. 4, y abierta al público en 15 de abril de 1887 con sólo 25 abonados, cuenta en la actualidad 160; prueba elocuente de la baratura del servicio, escrupulosidad con que se hace y reconocidas ventajas que reporta».
Hernández Useros cuenta además que los aparatos empleados en toda la red telefónica segoviana «son idénticos á los que se usan en las de París y Madrid y prueban su bondad y perfección al escuchar con claridad y limpieza de los sonidos que se transmiten en todas las líneas, de las cuales la mayor es de 11 kilómetros, 32 metros».
Las tarifas que regían en el momento de la apertura de la central habían sido aprobadas unos meses antes, en diciembre de 1886. En el Archivo Municipal de Segovia se conserva un anuncio fechado el 23 de diciembre de 1886 de las tarifas que habían de regir en cuanto se abriera al público la red telefónica con servicio permanente (día y noche sin interrupción), lo cual había de ocurrir «en breve plazo». Así, el abono por cada estación particular dentro del término municipal de Segovia era de 85 pesetas mensuales pagadas por trimestres. Esta cantidad se incrementaba para establecimientos públicos, de manera que los propietarios de casinos, círculos de recreo, teatros o estaciones de ferrocarril pagaban 250 pesetas anuales, mientras que las fondas, cafés, oficinas públicas y colegios tenían un abono de 170 pesetas al año, si bien las oficinas y dependencias del Estado, de la provincia y del municipio disfrutaban de un descuento del 40%. Antes de que abriera la central de la calle del Parador, funcionaron unas oficinas provisionales en el número 5 de la calle Judería Nueva.
Pero el teléfono no siempre funcionó tan extraordinariamente bien como afirmaba Hernández Useros en su guía de 1889. Es más, el servicio llegó incluso a interrumpirse por algún tiempo, según se desprende de una información periodística publicada en el semanario ‘El Carpetano’ en febrero de 1898: «Hace años fué acogido con verdadero entusiasmo en Segovia tan utilísimo invento, cuyas ventajas prácticas nadie desconoce. Se instaló la central telefónica, se extendieron los hilos conductores por diversos puntos de la ciudad y marchó la cosa á pedir de boca, siendo muchas las personas que se abonaron á tener en sus domicilios tan excelente medio de comunicación, que ahorrando mucho tiempo invertido en recados y escrituras de cartas así como en esperas de contestaciones á aquellos y a éstas (…) Pues bien: he aquí que ya en Segovia no existe el servicio telefónico».
A juzgar por las notas que incluyeron los periódicos en lo sucesivo, el servicio fue restablecido años después.
El alumbrado público
También fueron testigos los segovianos que vivieron a finales del siglo XIX de la instalación del alumbrado público mediante luz eléctrica, adelanto que fue reemplazando poco a poco y muy lentamente a las farolas de petróleo que apenas arrojaban luz sobre los oscuros rincones de las calles segovianas. Hernández Useros revela que en 1889 ya está acordada la instalación de la luz eléctrica y que «hace poco tiempo» que se adjudicó este servicio por subasta, «y aquella quedará establecida en breve plazo». El Ayuntamiento firmó en 1890 el contrato para el alumbrado público con la empresa Electricista Segoviana.
Hasta ese momento, e incluso después, el petróleo era el combustible que mantenía encendidos los farolillos de la calle, pero esto requería de operarios que todas las noches iban por las calles encendiendo y apagando las lámparas. Eran los faroleros o serenos. A comienzos de la década de 1890, el servicio de alumbrado contaba con un cabo y veintidós serenos. El alumbrado público de petróleo había reemplazado a su vez hacia el año 1870 a otro de candilejas de aceite de oliva, llamadas vulgarmente ‘gusanillos’, que llevaba funcionando desde finales del siglo XVIII, cuando fue promovido por la primitiva Real Sociedad Económica Segoviana de Amigos del País.
La irrupción de la luz eléctrica no terminó, sin embargo, con los problemas de suministro. En julio de 1919, ‘El Adelantado de Segovia’ publica un artículo que califica de «lamentabilísima» e «intolerable» la situación: «Las calles se hallan casi a oscuras; el alumbrado particular llega a tales deficiencias que apenas sí se puede leer a la luz de una lámpara de cincuenta bujías». El mal estado de la luz llamó la atención de Gómez de la Serna, que lo plasmó en ‘El secreto del Acueducto’ (1922): «[Segovia], de pobre que es no enciende sus candiles a la noche».
El cine
Otro invento que impactó mucho fue el cine, o mejor dicho, el cinematógrafo. Una reseña aparecida en ‘El Carpetano’ el día 7 de febrero de 1897 da cuenta de la primera proyección cinematográfica que tuvo lugar en Segovia, concretamente en el viejo teatro Miñón. «Anoche -refiere el semanario- tuvimos el gusto de asistir á la función en que se presentó por primera vez en nuestra ciudad el kinetógrafo ó sea la exhibición de fotografías animadas. Es un espectáculo cultísimo y digno de ser visto, no sólo por la novedad, sino porque al par que recrea, instruye. El programa fue variado y la concurrencia salió complacida de nuestro Teatro Principal, que no dudamos se verá esta noche muy concurrido, para asistir á la segunda representación».
