Aveces creo que no agradecemos lo suficiente a los autores de algunos de los inventos que más han contribuido a sacar a la Humanidad de la barbarie. Me refiero, por ejemplo a la imprenta y a su incuestionable aportación a la cultura, desde el empleo de una técnica sencilla, pero ingeniosa, que permitió la fabricación de libros en papel, de manera rápida e impecable.
El primer ejemplar, la Biblia, a un precio asequible y un tamaño manejable. Y todo esto me viene, porque precisamente estos dÃas, una de las defensoras a ultranza de las Sagradas Escrituras, la sra. Robinson, esposa del ministro principal irlandés, ocupa todas las portadas, aunque por otras aficiones distintas a la lectura. Sin embargo, pienso en ella y en otros tantos que esgrimen rápido los libros sagrados, no como uso personal, sino, sobre todo, para aplicárselos al resto de individuos y no puedo menos que pensar en el inmenso bien que Gutemberg les ha hecho. ImagÃnense a estos rápidos pistoleros desenfundando la Torá, o la Biblia, o el Corán, en versión planchas de bronce como cualquier ley romana, o peor aún, en piedra tallada al estilo código Hanmurabi. Una incomodidad, desde luego. Un engorro para consultar el versÃculo que mejor se ajusta al castigo que merecen los no socios, sea cual sea su desviación, o a la elección de faltas y culpas, o a la intrusión en asuntos de ciencia, o a la confusión de todo lo anterior con la legislación común y ordinaria, fuera de las distintas condenaciones particulares de cada culto. Un santo, este Gutemberg. De todas las religiones, dirÃa.
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