Tanto en el campo de la investigación, como en el de la invención, los descubrimientos suelen ser fruto o bien de la casualidad (serendipia) o bien del esfuerzo y dedicación. A decir verdad, la realidad es que en la mayoría de los casos los inventos surgen de la curiosidad y el tesón de sus creadores, en busca de fama, reconocimiento o dinero.
En la historia de la humanidad existen algunos curiosos casos en los que el propio invento o descubrimiento segó la vida del padre de la criatura. Uno de ellos es Thomas Midgley, químico estadounidense que a principio del siglo XX se volcó en el desarrolló de la gasolina con plomo. Él, a pesar de ser sabedor de la alta toxicidad del plomo, lo negaba con vehemencia. En una rueda de prensa inhaló directamente plomo de un bote, mientras cubría parte de su cuerpo con el elemento. A las pocas horas cayó enfermo. Mientras se recuperaba en el hospital, ideó un sistema de poleas y cuerdas con el fin de instalarlas en la cama y así poder incorporarse cuando fuera necesario. La máquina se puso en marcha accidentalmente y Midgley murió estrangulado por su propio invento.
Otro caso fue el de Marie Curie, primera persona a la que se le concedieron dos premios Nobel en dos campos distintos. El 4 de julio de 1934, Marie Curie murió de anemia aplástica, debido a la exposición a la radiación, después de trabajar durante años sin ninguna medida de seguridad con elementos químicos como el radio, el uranio y el polonio. Siempre fue una persona desinteresada, dejando su descubrimiento (el aislamiento del radio) sin patente para que estuviera abierto a toda la comunidad científica. Un caso de verdadera “mala pata” lo protagonizó William Bullock quién desarrolló, mejorando la existente, una imprenta rotativa con capacidad para imprimir 10.000 unidades por hora. Mientras trataba de instalar una, en un intento frustrado, pegó una patada a una correa de transmisión y su pie quedó atrapado por la imprenta rotativa. Murió a los cuatro días durante la operación para amputarle el pie infectado. Hay que tener cuidado con los excesos de enojo o de ira.

